River no dejó lugar a dudas ante Quilmes y lo derrotó 5 a 0 para alcanzar su 35° título local. Jugó su mejor
partido del campeonato y poco le importaron los demás resultados, que
finalmente también lo ampararían. Luego de seis años, el Millonario vuelve a la
cima del fútbol argentino.
El escenario era inmejorable, es verdad. Definir el
campeonato de local, con un equipo que ya llegaba relajado y con una brecha de
puntos considerable con respecto a sus perseguidores. Más allá de eso, la
presión de cerrar la liga sin sobresaltos era grande, pero paradójicamente, la “triple
g” volvió a aparecer en este escenario. Como si algo faltaba, River salió
campeón con un fútbol demoledor, para aquellos sobrevivientes del paladar
negro.
Apenas nueve minutos necesitó el local para ponerse arriba,
luego de un rebote de Walter Benítez, Fernando Cavenaghi apareció donde tenía
que estar. Ya la noticia de que Boca, el eterno rival, estaba despidiendo
definitivamente a Gimnasia había llegado, pero poco importó. A los 24, luego de
una pelota parada, Jonathan Maidana –para muchos el más regular del torneo- se
la bajó a Gabriel Mercado, que convirtió en la probable mejor semana de su
vida. Alejandro Sabella debe definir si finalmente irá al Mundial.
El segundo tiempo poco iba a cambiar, Quilmes seguiría
siendo una sombra y River continuaría en su salsa. A los 18 minutos llegaría el
momento más esperado del encuentro, dado que Cristian Ledesma pudo por fin
convertir su primer gol con la casaca de River. Un zapatazo tremendo que generó
la alegría de hinchas y la felicitación de todos (hasta Marcelo Barovero corrió
para abrazarlo).
Allí comenzarían las lágrimas. Primero el Lobo, que estuvo
mucho tiempo relegado con Matías Almeyda, le pudo demostrar a todo el pueblo
futbolero que 35 años encima no le cambian nada y que sigue teniendo la galera
y el bastón como siempre. Y luego llegaría lo impensado, Ramón Díaz. Sí, el
entrenador de River rompió en llanto como un nene que pisa el Monumental por
primera vez, al que también se le sumó su hijo y fiel compañero, Emiliano. Como
para coronar la noche soñada, de Victoria llegaba la información de que Tigre
le ganaba a Estudiantes. Pero iba a haber más, para desgracia de Quilmes.
Un minuto después de que le anularan un gol, el Torito se
tomó revancha a los 25 para poner el 4-0. Ramón Díaz se jugó una carta tremenda
al poner a Osmar Ferreyra y Juan Carlos Menseguez con el partido ya definido,
en lugar de integrar a jugadores como Daniel Villalva o Ramiro Funes Mori. El
Malevo fue silbado.
Para ponerle la frutilla el postre, Teófilo Gutiérrez
convirtó el quinto y definitivo, en lo que para muchos será su último gol con
esta camiseta.
Llegó el pitazo final de Silvio Trucco y el delirio comenzó.
Cavenaghi se arrodilló mirando al cielo, Barovero se tiró en el césped,
Emiliano Díaz no quería largar a su padre y todo el grupo se unió en un abrazo
de victoria. En estos seis años, el Monumental vivió el último puesto, la promoción, el descenso a la Primera B
Nacional y el ascenso, pero ayer nuevamente se vio un título de Primera División,
como tantas otras veces. River volvió a ser River. Ya era hora, ¿no?

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